Cuando él vio sus ojos por
primera vez fue como una maldición, sentía que su corazón se elevaba mientras
que toda fuerza de gravedad iba en su contra. Sus ojos llenos de esperanza, su
voz llena de luto y sus labios tan rojos como una señal de advertencia.
Ella le dijo una vez en forma sutil:
“Yo moriría por ti.”, luego ello se volvió realidad. Él la tomó en sus brazos y
cargó con su fantasma por campos de piedras grises mientras a su alrededor todavía podía
sentirla levitar. Un amor tan oscuro en contraposición de una luna que brillaba con cordones de seda plateada en su circunferencia.
Así la dejó yacer en la gentil
tierra, besó sus hermosos ojos cerrados y su frente como si él no sintiera dolor. Enterró
su corazón junto a ella, y a ella dentro de sí mismo, cerca de musgos frescos por
la humedad, en una cama cubierta de lluvia de río.
Cerró todas las puertas y
ventanas de su ser mientras la observaba partir. Supo que un día él volvería a
ella de la misma forma en que el mundo los separaba en ese momento, que lo que
vería hasta entonces ya no tendría la menor importancia. Todo se volvía más
oscuro y frío de repente, sin embargo todo ese amor ardería eternamente.
Por las noches despertaba y
caminaba un rato a solas sintiendo que su cuerpo se volvía cada día más como
una piedra. Y él sabía que también hay recuerdos que se desvanecen lentamente
pero eso nuca le sucedió.
Una noche tan serena como las
demás en los que varios cordones de seda plateada se filtraban por su ventana
como queriendo alcanzar su cama, él cerró sus ojos y susurró: “Yo moriría
esperando por ti.”, y luego… todo se volvió realidad.